Como un Duende.
Recorriendo la tarde de mi invierno, veo tus ojos llorando en mis ventanas,
Siento tus pasos saliendo del olvido, cuento las horas y el tiempo nunca pasa,
Siento tus pasos saliendo del olvido, cuento las horas y el tiempo nunca pasa.
Yo no entiendo esas dudas que la vida nos plantea a cada instante en su camino,
Yo no entiendo si es verdad que tu partida fue producto de un error o del destino,
Yo no entiendo si es verdad que tu partida fue producto de un error o del destino.
Dejaré una estrella posada en tu mirada, dejaré la luna perdida en tu recuerdo,
Para hacerme como un duende entre las sombras que se muere por robarte un solo
Para hacerme como un duende entre las sombras que se muere por robarte un solo beso.
Por la tarde se aparece tu figura como un rayo que en la tarde parte el cielo,
Por instantes me parece oír tu risa como un viento que interrumpe este silencio,
Por instantes me parece oír tu risa como un viento que interrumpe este silencio.
No preguntes cuanto hace que te espero prisionero en las penumbras de mi alma,
Donde late un corazón muy dolorido por tu ausencia y con un grito en la garganta,
Donde late un corazón muy dolorido por tu ausencia y con un grito en la garganta.
Esta canción, Ganadora del Pre-Cosquin 2002 simboliza el inmenso amor que sentí y siento por una persona muy especial.
En esta ocasión me decidí a escribir acerca de la persona que más me marcó en este mundo: mi Abuela.
Su nombre era Luisa y nació en la ciudad de Quilmes (Bs.As) aunque siempre se sintió una Rosarina más.
Ella tenía una forma de ser muy especial: generosa, humilde, capaz de entregarte todo lo que tenía y lo que era. Siendo muy chiquita ella perdió a su papá, un hermoso italiano nacido en Piemonte, sin embargo sentadita en su máquina de coser sacó adelante a su familia, en ese entonces compuesta por su madre y sus dos hermanas.
A los 18 años se casó con quien sería su compañero de toda la vida, su amado Humberto, un riojano que llegaría a ser Comisario del Cuerpo de Bomberos Zapadores. De esa unión nació mi madre, Eva.
Mi abuela me enseño que en la vida hay que ser recto, honrado, a saber perdonar pero no a dejarse pisotear por nadie. También me enseñó a amar a esa causa Nacional y popular que es el Peronismo, algo que hoy prácticamente no existe, pero ese será otro tema en este espacio.
Leprosa hasta los huesos, esta bella rubiecita supo perdonar hasta los más grandes daños y las más profundas mentiras; soportó la dura enfermedad de su esposo y se brindó con el corazón y con el alma al cuidado de sus dos nietos, mi hermano Germán y quien les escribe.
Vino a este mundo un 23 de julio de 1930 y jamás la habré de olvidar. Te quiero abuela.